Criterios para definir la
salud de una familia
Los propósitos de Dios para
las familias es la plenitud de vida que Cristo ofrece: «Yo he venido para que
tengan vida y vida en abundancia» (Juan10:10).
1. Las familias saludables viven y transmiten valores
espirituales.
Las familias competentes, exitosas o saludables
revelaron que la dimensión de la fe era un elemento importante en su vida. Se observó que «no todos en estas familias son personas demasiado
religiosas, pero la mayoría de ellas parece tener una creencia en un orden
superior al humano y en valores trascendentes que hacen que para ellas sea
importante luchar y mejorar».
Según investigaciones se encontró que el sistema de valores constituye «el
corazón y el alma» de la
capacidad de las familias para salir adelante en medio de circunstancias
adversas, carencias y crisis.
Según investigaciones se encontró que las familias que funcionan bien reconocen que el
éxito depende de muchas variables, algunas de ellas que están más allá de su
control. Sin embargo, comparten la convicción de que tener metas y propósitos
puede hacer alguna diferencia en sus vidas
y en las
vidas de otros. Aunque aceptan las deficiencias humanas, al mismo
tiempo creen
que nadie es capaz de todo, pero tampoco nadie es completamente inútil. En
contraste, las familias disfuncionales minimizan las fortalezas, exageran la seriedad
de los errores y esperan consecuencias catastróficas.
El amor en la familia va
más allá de los sentimientos y de las manifestaciones emotivas. En realidad
implica voluntad, disciplina, autocontrol, disposición a perdonar y paciencia
para manejar los múltiples desafíos diarios de la convivencia humana. Además,
el amor debe ser incondicional y constante, debe ser un reflejo de la manera en
que Dios nos ama.
2. Las
familias saludables mantienen estructuras
consistentes y flexibles.
Las
familias deben estructurar su vida y sus relaciones para llevar a cabo tareas
esenciales que ayudarán
a su desarrollo conjunto y el bienestar de sus miembros. Las familias necesitan
saber quién está a cargo, cuáles son las reglas y los límites, quién provee,
educa y disciplina a los hijos, quién cuida de los desvalidos, los ancianos y
los enfermos, y muchas otras cosas parecidas.
Estos
elementos, definidos como parte de la estructura de toda familia como sistema
vivo, son de valor especial en momentos de transición, vulnerabilidad y crisis.
En la estructura de una
familia saludable también está presente la noción de pertenencia a una red de
parientes, a un grupo étnico particular, a una herencia cultural específica, a
una comunidad de fe. Las concepciones saludables del ser parecen estar
vinculadas a la salud de estas relaciones.
Las conexiones de
parientes, comunidad y círculos de apoyo, incluyendo la familia de la fe, son
una especie de redes salvadoras en los momentos de tensión, adversidad y
crisis.
3. En las familias
saludables la comunicación es clara y directa.
Una buena comunicación es
vital para el óptimo funcionamiento familiar. Pero, ¿en qué consiste una buena
comunicación?
Su percepción puede variar
de acuerdo a la cultura, la edad, la intensidad del momento y otros factores.
La comunicación no es sólo un intercambio de información, sino también de
significados, de valoración y de maniobras de conexión. La comunicación en el
seno del hogar siempre
entreteje elementos de
contenido (información, opiniones, sentimientos) y de relación (valoración,
control, validación). Los expertos señalan como claves para una comunicación
saludable: la claridad,
la expresión abierta de los
sentimientos y la colaboración en la resolución de problemas.
A esto debe añadirse que en
las familias saludables el afecto se expresa con libertad y regularidad. Así
pues, en las familias saludables la comunicación es clara, específica y
directa.
Las personas en estas
familias dicen lo que quieren decir y quieren decir lo que dicen. Hay
consistencia y congruencia; es decir, no es ambigua ni contradictoria. Por el
contrario, cuando la comunicación es vaga, ambigua y confusa, lleva a malos
entendidos, rencillas y problemas.
En una familia que se
comunica saludablemente, sus miembros se reconocen mutuamente cuando hablan y escuchan.
Para ello han tenido que desarrollar una serie de destrezas relacionadas con el
respeto y el cuidado por los sentimientos del otro, con la capacidad de hablar
por uno mismo y no por los demás, con la capacidad de abrirse y asumir
responsabilidad por los propios sentimientos y acciones, y algunas otras.La capacidad de resolver problemas en conjunto es
una característica esencial de las familias saludables.
Es decir, si
en la convivencia de la familia hay amor incondicional expresado y vivenciado,
que se combina con la disposición a conversar sobre las pequeñas cosas diarias
de la vida, esto produce que la capacidad de resolver problemas se acreciente.
Por el contrario, cuando el amor no se expresa y cuando persisten problemas no
resueltos entre los miembros de la familia, la ira, la frustración y el
desánimo pueden bloquear la capacidad de la familia para resolver los problemas
diarios y empeorar con los que surgen debido a las crisis.
Aunque la
expresión de afecto no se puede medir ni pesar en forma objetiva, es algo muy
presente en las familias saludables que comunican (dan y reciben) afecto
con libertad y regularidad.
El afecto suele expresarse tanto en palabras
como en hechos, y ambas formas de expresión son necesarias y deben ser
coherentes; es decir, no contradecirse sino reforzarse mutuamente. Nunca será
demasiado decir a un hijo o
a un cónyuge que se le ama, y demostrárselo con caricias y detalles. En las
familias saludables se da afecto en forma incondicional, sólo por el hecho de
ser parte de la familia. Eso no quiere decir que no se ejerza la disciplina
cuando alguien comete una falta, sino que intencionalmente se preserva el ser
de las personas y la disciplina se enfoca a las conductas. En las familias
donde fluye el afecto en forma regular se puede notar energía, espontaneidad,
alegría y optimismo.
4. En las familias
saludables hay un clima propicio para el crecimiento.
Se ha observado que
las familias que mejor funcionan son las que en ellas se crea una
atmósfera en la que las personas se gustan unas a otras y se divierten juntas.
Por el contrario, las familias disfuncionales mostraron menos espontaneidad y
menos energía; y un tono de depresión o desesperanza parecía invadir sus
interacciones y limitar el desarrollo de su carácter. Es admirable como termina
el relato de Lucas 2:41-52 que describe el incidente
en el que Jesús, de doce
años, se pierde en Jerusalén en la fiesta de la Pascua y sus padres lo
encuentran después de tres días. En medio de la tensión y la angustia, el v.
52 dice que «Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para
con Dios y los hombres». Ésta, por cierto, es una familia saludable, que no
carece de tensiones o problemas como cualquier otra familia plenamente humana,
sino porque en medio de un susto mayúsculo provee el ambiente para que el niño
Jesús siga creciendo en los cuatro aspectos que hoy propone la psicología
contemporánea (físico, mental, social y espiritual).
En las familias saludables,
el buen humor se hace presente. «La seriedad con la que las familias
enfrentan sus problemas puede ser la mayor causa de sus dificultades», afirma
Edwin H. Friedman, rabino, terapeuta familiar y asesor de la Casa Blanca en
asuntos de familia. La seriedad presenta
una paradoja, nos dice: si
los miembros de una familia no toman en serio sus responsabilidades, la familia
puede volverse inestable y caótica. Al mismo tiempo, «la seriedad puede
resultar también destructiva.
La seriedad es más que una
actitud: es una orientación total, una forma de pensar arraigada en la ansiedad
constante y crónica. Se caracteriza por la falta de flexibilidad.
El antídoto para la
seriedad es el humor o la jocosidad, como lo llama
Friedman, que no se debe
confundir con hacer chistes. Tiene que ver más bien con la capacidad de los
miembros de una familia de mantener distancias flexibles, de distinguir los
procesos de los contenidos y de no asumir innecesaria responsabilidad emocional
por otros. El buen humor permite que una familia rompa el círculo vicioso de la
retroalimentación que origina y mantiene a los problemas
crónicos.
En las familias saludables
se vive el perdón. Este es otro de los aspectos que las disciplinas
humanas en general ––no sólo la psicoterapia––tardaron mucho tiempo en
reconocer como un componente importante de la salud.
Perdón no es
lo mismo que reconciliación. Es posible perdonar sin reconciliarse: es decir,
sin volver a juntarse en amor y amistad. Pero no es posible reconciliarse en
verdad sin antes perdonar. Perdón es
el proceso
que capacita a quien perdona de continuar su vida sin que siga afectada por el
dolor de la herida, del engaño o de la deslealtad. El perdón requiere un «salto
de fe», un acto de voluntad para arriesgarse a ser herido otra vez. El
verdadero perdón no se confunde con el sentimentalismo o la simpatía a expensas
de la justicia y de la dignidad. Uno puede perdonar y al mismo tiempo limitar,
y aun terminar una relación.
El perdón
puede requerir restitución de parte del que ha obrado mal. Sin embargo, el
perdón no es un intercambio de favores. Quien perdona ofrece el perdón como un
regalo. Quien es perdonado no asume ninguna obligación ante quien lo perdona
como una condición para el perdón.
Añadiendo algo muy importante a todo lo anterior, y que pareciese que ocupa el ultimo lugar pero en realidad es el punto de mayor importancia, es la oración en conjunto. Una familia saludable es la que cada miembro intercede uno por el otro a través de la oración, demostrando así el amor que tenemos por los demás, de manera que intercediendo por ellos es una forma de cuidar de ellos.
Tomado del Material del
Colegio Biblico Apostólico Internacional (CBAI)

